Es la primera vez que estoy aquí. Tengo dieciocho años y hasta ahora
nunca había perdido a nadie próximo a mí.
Pero ¿que se vaya papá? Dios, eso sí que me afecta.
Sólo tenía cuarenta y dos años. No era ni mucho menos viejo. Y gozaba de
buena salud. ¿Qué hace que un hombre saludable de cuarenta y dos años tenga un paro cardiaco
y no vuelva a despertar? Sólo logro consolarme pensando que la pérdida se su mamá lo devastó,
y no tuvo más remedio que marcharse.
Hay algo tremendamente desconcertante en lo de ver a tus padres disgustados.
Supongo que es porque se supone que ellos tienen que ser los fuertes, pero no es sólo
eso. Las personas, cuando son niños, usan a sus padres como una especie de rasero
para saber lo grave que es una situación determinada. Cuando te caes al suelo, te das
un buen golpe y no sabes si te duele o no, miras a tus padres. Si los ves preocupados
y corren hacia ti, lloras. Si ríen y patean el suelo diciendo: «suelo malo», te pones de
pie enseguida como si tal cosa.
En cuanto a papá, se suponía que iba a vivir para siempre. Era quien podía
abrir la tapa de todos los tarros, quien arreglaba todo lo que se había roto, se suponía
que lo haría para siempre. El hombre que dejaba que me subiera a sus hombros, que
me encaramara a su espalda, que me perseguía cargoseandome todo el tiempo, que
me lanzaba al aire y me recogía al vuelo, que me hacía girar hasta que me mareaba y
acababa en el suelo muerta de risa.
Y al final, sin haber tenido ocasión de decirle gracias (y perdón por la pelea del día anterior)
 y despedirme como es debido, mis últimos recuerdos de él es verlo dormir dentro de su ataúd.